Gracias, Dr. Gutiérrez

Acababa de vender la camioneta y de mandarle el dinero a Sofía, para los más chiquitos. No era mucho: apenas algo más que nada. Llegué, no sé como, a este barrio ignoto y ví la chapa: “El Refugio”. La puerta abierta, los eucaliptus altos y añosos, los bancos de piedra blanca, como los de las plazas, me invitaron a entrar. Alguien me pidió fasos. Le dí el atado con los últimos y desapareció. Me senté, a seguir no pensando. El día agonizaba tras las copas perfumadas. Al cabo de un tiempo - no sé cuánto -, me levanté y caminé mecánicamente sobre la quejosa hojarasca amarillenta. Crucé el parque, luego un patio cuadrangular. ¿Había estatuas? ¿O eran mudos seres petrificados?
Tomé por un corredor. Mis pasos se repetían en la penumbra. Me paró una enfermera. Después supe que se llamaba Noemí.
- “¿A quien busca?”
- “Al Dr. Gutiérrez”. – siempre fui rápido para las repuestas –
- “¿Padre ó hijo?
- “Padre”, dije titubeando – esta segunda pregunta no me la esperaba –
- “Padre” repetí con firmeza.
- Con un dedo finito y pálido repasó los horarios de un indicador mural:
- “El Dr. Gutiérrez Padre viene mañana de mañana a las 9 horas, Señor.”

Algo debió ver en mí, porque agregó: “Venga, lo acompaño a la guardia”.
Y ahí me dejó, aclarando: -“Un paciente del Dr. Gutiérrez padre. Cuídenmelo bien ¿eh? Me tomaron el pulso, la presión, la temperatura. Me hicieron desvestir y me examinaron minuciosamente. Me extrajeron sangre para análisis, me hicieron preguntas y radiografías.
Cuando Noemí volvió, los miró, habló con ellos aparte y me dijo:

- “Es tarde, Don Alberto. (Había leído los datos de la ficha). ¿Quiere quedarse? Hay camas”.
- “Bueno”.
- “¿Avisamos a alguien?”
- “ No. Soy SOLO. Gracias.”
Entonces me llevó a una cama: la 48. Y me acosté.

Al día siguiente, me quedé en la cama. Estaba cansado. El 47, un tipo simpático, me convidó con mate y bizcochitos.
Noemí, la enfermera, me avisó que mi médico había pedido licencia por enfermedad, pero que podía quedarme porque sobraba lugar. Y me quedé.
Se está bien aquí. La comida no es gran cosa, pero eso no importa. A veces veo la tele con el 47, mientras tomamos mate. No extraño el café. Ni el whisky. El otro día me dijo: - “Ese que buscan se parece a vos: “¿Sos vos?” –“No” – le contesté. Y me fui a pasear al parque. Sofía, desesperada. Los nenes, llorosos. Los otros, sorprendidos. La otra, displicente. –“Un rapto?” -“Quizás.” Yo, argentino, Señor. Ese que buscan tiene dos hijos aquí, tres allá, una secretaria pizpireta y exigente por el medio, tarjetas de crédito impagas, facturas y demandas de proveedores, dentistas, colegios, médicos y psicólogos. Yo no. Y aquí no me llegan ni citaciones, ni fax, ni colacionados. Porque yo soy solo. Soloooo.
Volví a mi cama y me acosté. El 47, roncaba.
El tiempo transcurría apacible, monótonamente. Yo no tenía ganas ni de afeitarme.
Una mañana me levanté, me lavé y me miré en el espejo: Ese viejo de barba y pelo entrecano: ¿quién es? No lo conozco. En ese momento llegó Noemí:
-“Tengo que contarle algo”. – Se sentó a mi lado, en la cama 48. – Ud. está delicado todavía, pero yo tengo que decírselo. Y, tomándome una mano, como una madre con su criaturita: - “El Dr. Gutiérrez Padre estaba tan mal… ¡Tenía tantos dolores y había quedado tan disminuido! ¡Pobrecito! Anoche, dejó de sufrir… Pero Ud. ¡¿No se me venga abajo?! ¿Eh? Yo ya sé que Ud. lo apreciaba mucho, pero…” Y, dándome una cálida palmada en el hombro derecho, añadió: “Mañana ó pasado va a venir el Doctorcito Gutiérrez hijo, a verlo especialmente a Ud.” Y me hizo acostar boca abajo para colocarme una intramuscular de vitaminas. – “¿Dolió? ¡Hasta luego!”

Hoy vino el Doctorcito Gutiérrez hijo. Hablamos largo rato de su padre. Bueno, yo escuché. ¿Qué iba a decir? Buen tipo, parece. El padre. El hijo también. Me preguntó: - “Tiene familia?” – “No, doctor. Soy SOLO. Y acá estoy bien…”-bueno, en memoria de Papá, puede quedarse. Acá lo vamos a atender… Necesita un largo tratamiento…” Cerré los ojos, con un suspiro: “-¡Gracias, Doctor Gutiérrez!”
Creyeron que dormía. Entonces oí lo que, en voz muy baja, el médico le decía a la enfermera:
- “¿Ves, Noemí? Todo esto es motivado por la soledad, ¡No te quedes nunca
sola! ¿Eh?”.
- “No, Doctorcito Gutiérrez. Nunca”.