Miguel Ángel
Para los vecinos
de la calle Bahía Blanca, era un genio. Para los de Chivilcoy,
un loco. Sin matices. Genio o... ¡Loco! Ellos no tenían
bien claro, como lo tengo yo, que la locura y la genialidad son hermanitas
muy parecidas entre sí. A veces se confunde la una con la otra.
Otras veces las dos se funden en un abrazo tan estrecho, tan mágico
que no se acierta a saber cual es cual o si son una sola entidad.
Esas calles, como todos los habitantes de Floresta sabemos, son paralelas.
En el medio de las dos, en la calle Morón, vivía él,
Miguel Ángel. Y para todos los de esa cuadra y alguna más,
era:" el pintor." Pero no pintaba paredes. Y no había
ido a estudiar al Bellas Artes, ni al "de la Cárcova",
ni a esa otra escuela de arte que está en el Pasaje La Porteña,
en Flores. No. El era pintor " de nacimiento".
Lo que hacía era tan bueno, que en el bodegón y/o en el
mejor restauran, lo invitaban a cenar a la mesa, bien regadita la comida
con tinto y le pagaban bastante bien. Así vivía, sin más
alteraciones que cambiar la compañía de una morocha por
la de una rubia, cuando la cosa no andaba más. Con el caballete,
carbonillas, sepias y fuminos a cuestas.
Todos quedaban encantados con su retrato-sólo el rostro, él
no pintaba nada más que pudiera sugerir modestia o riqueza: la
riqueza estaba en la expresión, porque Miguel Ángel les
pintaba el alma.
El pintaba rostros y de eso vivía. Entraba a un restauran, pedía
permiso y un café. Y pasaba la tarjeta: "EN DIEZ MINUTOS,
PINTO TU RETRATO." Miguel Angel ( retratista)
Y siempre lo llamaban de alguna mesa .
También tenía otras ocupaciones. De día, venía
a la Plaza Vélez Sarsfield con una carretilla llena de bártulos:
hojas y elementos para dibujar y pintar, croquis para rellenar con diferentes
colores... y molinetes, caramelos masticables y paletas dulces, copos
de maíz, globos con figuras de animales...
Dibujaba una flor-generalmente una estridente y simpática margarita
que sonreía desde su corazón de oro- , se la regalaba
a un chico cansado o aburrido y le decía:
-¿Querés pintar...? Te presto.
El pibe aceptaba siempre. La mamá, el papá y/o la abuela
-veían como, en un "derepente" la criatura se convertía
en artista y se llevaba " un cuadro" a casa, por un peso...o
dos.
Vaya uno a saber las vueltas de la vida...Si como premio algún
pintorcito pedía un globo cabeza de conejo más una bolsa
de copos de maíz... ¿quién se atrevería
a negarse?
Miguel Ángel lo disfrutaba. Cuando llegaba a "su cueva",
terminaba el boceto que había tomado del chico feliz con su obra
se arte y el globo orejudo y lo prendía con un alfiler o tachuela
en una tira de telgopor. Yo ví una vez esa rústica "galería
de arte"; era más que genial ¡Mágica!
Hasta que un día tuvo una idea diferente. Era el día del
niño. Se fue a Retiro con todos sus bártulos, chocolatines
y chupetines. Veinticinco rostros pintó de chicos. Todos distintos:
rubios, gorditos y blancos, flacuchos color aceituna, pelirrojas con
pecas y brillitos, morenas de larga trenza negra y ojos como brasas.
Todos con expresiones diferentes: berreando a más no poder, riendo
con dientitos al aire, con ojos melancólicos y cara de hambre,
con la carita sucia bañada en lágrimas...A los padres
les decía que eran para una importante exposición y su
facha de genio-loco y los resultados de cada sesión convencían
a la gente. Para los chicos, un caramelo o un chocolatín. Para
los grandes, la ilusión de la fama, la TV, y unos cuantos pesos
futuros, gracias a sus párvulos.
En su cueva-su atelier- terminó cada retrato, enmarcó
todo y llamó a su amigo Esteban, que siempre había deseado
ser su representante. A éste, la propuesta le encantó.
Presentó todo en una importantísima galería del
Barrio Norte y propuso lo expuesto para un importante premio.
La crítica y la prensa pusieron la obra por las nubes y...ganó
el Primer Premio: mucho dinero.
Se fue de viaje y le dijo a Esteban: te llamo para la próxima
exposición. Vos te ocupás. Aquí tenés la
llave.
Unos años después, le llegó a Esteban, desde Brasil,
este email: Saca los cuadros, exponelos y presentalos. Después
me avisás.
Esteban entró. Los cuadros anteriores no estaban, pero sí
unos hermosos rostros de adolescentes. Todos diferentes, lo mismo que
sus expresiones. En marcos iguales.
Ahora ya Miguel Ángel tenía un nombre y el éxito
fue estruendoso. Y premiado. Pero el artista no quiso vender ninguno.
Pasado un tiempo, mismo pedido, exposición y premio.
M. A. residía ahora en el Tíbet.
Esteban sólo encontró maravillosos rostros de ancianos
blancos, pelados, barbudos, negros, mulatos, criollos, cada cual con
su emoción y sus sentimientos pegados a los rasgos.
Esteban conocía bien los marcos, hasta la más pequeña
muesca, por eso le sorprendió reconocer que los marcos eran los
mismos de siempre. Y que las telas anteriores no estaban, aunque él
no las había vendido, por orden del autor.
Esteban obró como de costumbre, recogió los galardones
de siempre y buena plata para los dos.
No hubo permiso de venta. -Guárdalos en "la cueva"
hasta nuevo aviso.
El correo electrónico llegó cinco años después,
desde la INDIA.
- Esteban: lo de siempre, pero véndelos, compra los billetes
que te parezca y ponelos en tu cuenta, después hablamos.
La sensación fue internacional. Se los disputaron los más
variados compradores. Un hindú adquirió la colección.
Esteban cerró la puerta del atelier vacío y pensó:
- Espero que el comprador no me venga a reclamar cuando las veinticinco
CALAVERAS -todas muy diferentes- se agusanen o se hagan polvo....
Y, como no hubo más noticias de Miguel Ángel, él…
se mudó a la Costa Azul.
Continuará…