| "La Consigna". | ||
| Había una vez un pueblo con cientoveintiuna casitas, todas iguales. Igualitas. Igualísimas. Paredes blancas, techo gris. Nueve metros cuadrados de césped adelante, un metro cuadrado de tierra, atrás. Ni un centímetro más, ni uno menos. Esa era la consigna. Y ni una planta. Ni un árbol. Ni una flor. Por consiguiente: ni una mariposa, ni una abeja, ni un pájaro. Las plantas, los animales, todos al bosque: así tenía que ser. En el mismo medio del pueblo, estaba la casa de Hans, que vivía solo. Y en el centro de los nueve metros cuadrados de cesped, allí, allí mismo, brotó una planta. Hans la vió desde el primer día. Fue a arrancarla. Cuando ya extendía la mano, la retiró, diciendo: Mañana. Al día siguiente, la planta estaba más grande. Hans se acercó para destruirla. Extendió la mano. ¿la habrían visto e irían a denunciarlo? Retiró la mano y dijo: Mañana. Al tercer día se acercó ya con una pequeña pala. Pero...¡su emoción fue tan grande! las hojitas verdes habían crecido y se abrían, perezosas, al sol. En su centro, un pequeño botón celeste. Hans repitió: Mañana. Casi no durmió. Nicolás,, el vecino de su derecha, debía haber visto su plantita. También Constanza, que vivía a su izquierda. Se levantó temprano. Hoy, la arrancaría. Cuando llegó, ahogó un grito: Una flor, una hermosa flor le sonreía desde el centro de su jardín. El corazón le latió con fuerza. Volvió a su casa y, tras el vidrio, la contempló hasta que cayó la noche. Al día siguiente se dijo: Debo evitar que me castiguen por infractor. La arrancaré. Pero, no pudo...Sobre la flor, aleteaba una mariposa con las alas rojas salpicadas de ojitos almendrados. Y así, semana tras semana postergó el arrancarla. Ya estaba llena de flores y era alta, cuando se decidió a llevarla al fondo, al lado del tacho de desperdicios, en ese único metro cuadrado donde bullían las moscas. La planta siguió creciendo y dando flores. Se fueron las moscas: Hans cuidaba mucho ese rinconcito, ahora. Vinieron más y más mariposas, varias abejas y hasta un picaflor. Hans vivía para su planta y moría de miedo de perderla. Temió...por los vecinos del fondo. La escondió. Se la llevó al comedor. Puso la maceta en el lugar que antes ocupara Clotilde, su mujer. La planta desbordó la silla, sus hojas y flores cubrieron el piso y toda la casa. Las ramas se acercaban ya a la cama. Sólo que sus flores estaban más pálidas. Extrañaban al sol, ya que Hans, temeroso, había bajado las persianas. Ya no salía. Vivía para su planta y moría de miedo de perderla. Fue así que una noche que Hans tomó unos palos y...con una rueda vieja y unas maderas fabricó una gran carretilla, con especial cuidado puso arriba la maceta con su planta, acomodó las flores y todas las hojitasy...de noche, sin saludar a nadie, sin mirar siquiera las casas de sus vecinos, tomó por un camino y un caminito y...se fue.
¿Donde
se fue Hans? Yo no lo supe nunca. Quizás me lo digas...¡Tú!
Y este cuento no estoy muy segura de que se haya acabado. Me contestas,
si puedes: ¿Cuál es esa planta que tú no plantaste
y que brota y crece solita? |