ALDHARA, EL ÁNGEL
DEL LAGO
Era ella, mi amiga de la infancia,
Celina de los Ángeles Pérez.
Nos reconocimos en un colectivo de una línea ignota, en el que,
ese día, navegábamos raudamente por la Av. General Paz.
Yo ya llegaba a mi destino de entonces: Puente Saavedra . Apenas tuvimos
tiempo de pasarnos los teléfonos. Unos días después,
me contó: que la muerte de su padre, siendo ella muy joven, había
interrumpido lo que prometía ser una brillante carrera lírica…
¿Cómo una niña, por más “estrellita”
que fuese iba a transitar por esas calles, ir sola a los ensayos, a los
conciertos, a las radioemisoras, a los estudios cinematográficos?
En aquel entonces… ¡imposible!
Kurt Phalen, su querido y famoso Maestro, Director del Coro de Niños
del Teatro Colón, mucho la había apreciado, de singular
manera, a ella y a sus cuerdas vocales. A él lo recuerdo todavía:
un personaje muy especial, que brindaba a su discípula miradas
afectuosamente cálidas, mientras le auguraba futuros éxitos.
Después ella se casó y, viuda muy joven, crió cinco
hijos con magros recursos.
De todo esto y mucho más charlamos después, cuando fui a
visitarla a su departamento, modesto y acogedor, en el tercer piso de
un monobloque, en Boulogne.
Mientras ella preparaba una tapa de asado a la normanda -con leche y queso
rallado-, cantando una de Verdi, me senté a descansar la fatiga
de los sesenta escalones y a mirar la tela que adornaba la sala. El marco
dorado, trabajado como un encaje antiguo, encerraba uno de esos anodinos
paisajes ingleses con un castillo tras el lago y árboles, muchos
árboles, entre grises y verdes. Cerca del agua, damas y niñas
de largos vestidos, recogían flores.
Todo opaco, fúnebre casi. Detesto esos cuadros en los que el secreto
de la luz no había sido otorgado sino a ciertos genios privilegiados.
Además, esas austeras representaciones son incapaces de despertar,
en nuestros sentidos, lo principal de esos lugares: la perfumada humedad,
el canto de los pájaros y el rumor misterioso de las aguas. Sin
embargo, algo, en ese cuadro, me atraía. Y recordé: Hace
mucho tiempo, durante mi viaje de egresada como profesora de inglés,
me aparté unos días de mis compañeras para hacer
un viaje a Escocia.
Allí conocí a un pastor de cabras, muy simpático.
Y, comiendo queso y miel a la sombra de los árboles también
conocí un castillo en ruinas, del otro lado del lago.- ¿Cómo
se llama este lugar?- le pregunté al hombre:
-Aldhara o el lago del ángel. Y me contó la siguiente historia:
“Allá por el 1890, Sir William Forest, propietario del castillo,
trajo, de su largo viaje a Oriente, a una bella muchacha, Aldhara. Relegada
a la cocina por orden de la esposa del caballero, Aldhara encantaba a
todos con su voz y sus exóticas canciones, mientras preparaba deliciosos
platos orientales, excusa de Sir William para traerla. Al tiempo, la muchacha
tuvo una niña, que se llamó como su madre. Esta, muy exigida
por el trabajo, la colocó en un canastillo en la cocina, llenándola
de murmullos y de gorjeos. La pequeña aprendió a expresarse
en esa extraña lengua, antes de hablar inglés. Fue creciendo...
Todos la querían por sus grandes ojos mansos y sus delicadas maneras.
Aldhara madre, siempre frágil, siempre fatigada, desapareció
una noche.
Alguna habladuría inventó que un extranjero se la había
llevado, pero la versión corriente decía que se había
ahogado en el lago. Nunca encontraron su cuerpo.
Aldhara hija ya tenía siete años. Salía a veces con
las señoras y niñas del castillo, a los paseos campestres.
Una primavera anticipada vestía el lugar. Aldhara quiso, como siempre,
arrojar al lago flores, las más hermosas, para su madre. Dejando
el niño que llevaba de la mano a otra de las jóvenes criadas,
se trepó a una rama que mecía su tentadora carga perfumada
sobre las aguas profundas. Pero la rama se quebró, ahogándose
Aldhara ante la desesperada impotencia de las mujeres y los niños,
que no sabían nadar. Desde entonces, dicen, Aldhara es un ángel
que sólo se aparece a veces y a unos pocos, pero que canta maravillosamente
cuando los niños tiran flores al lago, todos los 14 de marzo, fecha
en la que desapareció la pequeña.
Mi amiga Celina fue a controlar su carne a la normanda. Yo coloqué
el ramo de fragantes rosas que había traído, cerca del cuadro
y comencé a pasearme de izquierda a derecha y de derecha a izquierda,
reconociendo el paisaje, recordando el murmullo de las aguas y del viento
en las hojas, la voz cálida del pastor, el sabor de su queso y
de su miel. Y vi como una luz lechosa se colaba entre las ramas de un
árbol determinado. Ahí la descubrí, sus grandes ojos
oscuros clavados en el cielo, su largo pelo disimulado en la sombra del
monte en el lago: era Aldhara, el ángel del lago.
La mesa estaba presta y entre cada delicioso bocado y cada sorbo de buen
tinto, supe la historia del cuadro: Había pertenecido a su tío-abuelo
Freddy, de vida andariega y non sancta, viajero incansable, pastor de
cabras en Escocia, contrabandista y pirata por temporadas. La familia
no le perdonó nunca que no se casase con la púdica novia
que lo esperó diez años y que escandalizara el ambiente
pacato de la ciudad-aldea, viviendo sus últimos joviales años
con una amante oriental. Cuando mi amiga trajo su exótico postre
en una bandeja antigua, pintada a mano, lo hizo entonando una canción
que le enseñara su tío-abuelo: la canción de Aldhara.
Se quedó asombrada cuando le conté la anécdota de
Escocia y fue muy, pero muy feliz, al ver el ángel. Se recostó
para una pequeña siesta.
A los diez minutos despertó y me preguntó: -“¿Pusiste
la radio o la tele? Me pareció oír el canto de una niña.”
–“No. Estaba leyendo. No escuché.”
Cuando encendí las luces, el ángel se había esfumado.
Sucedió un 14 de marzo.
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